Hoy asistimos a unas imágenes que en su capacidad inmediatista construye protocolos de representación de la realidad: “hiperrealismo”, en la que ella misma crea su propio espacio de realidad al margen de la realidad misma. Una realidad que ya no es la realidad de la fotografía (documento-prueba), pues, en el espacio comunicativo de la televisión todo objeto puede ser objeto-signo, digno de información con sólo ser de actualidad. Una actualidad que se mide por el número de imágenes que en su desenfreno informativo la televisión reclama. La verdad de la televisión no se construye desde la noción de la realidad objetiva de los hechos, sino desde la realidad virtual de tipo subjetivo sin referente original. El voyeurismo mediático y la escenificación crean una mezcla artificiosa que no deja lugar para entender si lo que se cuenta es realidad o artificio,
si es realidad objetiva o ficción. A diferencia del cine que se deleita con el encuadre, y que deja margen para el detalle y la profundidad, que se recrea con las transiciones o cortes de plano, el texto televisivo no admite dicha lentitud, por el contrario, intenta decir lo máximo en menos tiempo, acude al detalle, claro, pero para el ojo escópico, acude a la profundidad, claro, pero por la vía de la rapidez superficial. En virtud de este desgaste, el consumo de imágenes y la fascinación por la aceleración, la imagen televisiva se expande y deja su impronta en la cultura contemporánea imponiendo su particular tecno-estética. La televisión se convierte en ritual y proyecta imágenes que se colectivizan sin ninguna referencialidad, dándole un valor al ver y a la participación escópica en el espectáculo.
Esta tendencia del discurso orientada a evitar toda posible clausura, en su heterogeneidad genérica y su autorreferencialidad hace necesario reconocer su carácter de inespecificidad, de pérdida del relato (en sentido clásico). Es desde ahí que abordamos la televisión estéticamente, desde su operación deconstructiva (el vídeo),
sobre la que se construye el tejido de imágenes y fisuras simbólicas, es decir desde su carácter de escritura. En esta perspectiva, nuestro interés se dirige a mirar la televisión como un sistema textual o mejor como una escritura. Esto es, como un hecho puramente estético. [BR] En el primer capítulo del libro, llamado de “De la Estética a las Tecno-estéticas”, nos proponemos hablar de una poética que involucra análisis técnico-estilísticos y que frente al fenómeno de lo televisivo, lo pueda reducir, más bien, al vídeo en el sentido estricto de imagen electrónica, es decir como una “tecno-escritura” (la televisión no es estética –si acaso es técnica-, pues se reduce a la transmisión a distancia -tele- de una señal audiovisual.Por el contrario, el concepto de vídeo me interesa más como fenómeno estético, en tanto éste, en el sentido literal del término es: yo veo, en su origen “videre”). Es decir, vídeo se asume como la producción retórico-poética que permite una reflexión estética y que, por otro lado, sirve de sustento para la parafernalia tecnológica posterior al hecho estético, es decir la transmisión de la señal: la televisión. [BR] En el segundo capítulo, hablamos de los Neo-usos, en una suerte de complejidad comunicacional que re-semantiza los saberes y retroalimenta una cultura hipertextual basada en la digitalización y la compresión de las señales y los lenguajes, y en la aparición de nuevos escenarios y soportes que le dan a la imagen valores de omnipresencia y ubicuidad. Finalmente, ponemos el acento en las localidades como la proyección de grupos y actores sociales concretos, en un intento por encontrar un saber y una cultura menos homogenizante y de alimentar la opción de una mirada mediática más amplia, una pluri-mirada en un mundo realmente interconectado. El escenario que planteo es el de la televisión digital, interactiva y por red que hoy nos pone en un punto de vista diferente para observar el entrecruzamiento entre la(s) cultura(s) y la industria cultural que, vale decirlo, no siempre son lo mismo. La incisión contemporánea liderada por la televisión y secundada hoy por la Web, la telefonía móvil y la Internet, marcada por la iconización de las señales, por la digitalización de la información y la hipertextualidad viene dejando a lado y lado a los fundamentalistas y a los moralistas, a los defensores y a los contradictores.[BR] En el tercer capítulo, "De los Neo-usos a las Glocalidades," escapo de la idea de globalización y de los fantasmas del fenómeno que da por hecho que todo hoy está siendo globalizado. Por todos es sabido, que la cultura y las multinacionales del ocio y el entretenimiento tienen un acento norteamericano, pero, también emergen culturas nacionales a partir de la riqueza encontrada justamente en la hibridación (Canclini, 1996)), en la mirada local y en el potencial de las culturas minoritarias.
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